CÍRCULO DE CIBERLECTURA
ÍNDICE
Noticias.- * Conference on Philosophy of Medicine
Comentario de libros. – El efecto House; el alma del ateísmo.
Webs de interés.– Hedónica, revista de libros.
Artículo comentado. – ¿Qué impacta más sobre la calidad de Servicios sanitarios, el nivel sociocultural o el modelo organitzacional?
Vídeo recomendado.- Estar sentado mucho tiempo te mata.
NOTICIAS
* Conference on Philosophy of Medicine
XXXI Jornadas de Filosofía y Metodología actual de la Ciencia
Las fechas de realización son 12 (jueves) y 13 (viernes) de marzo de 2026.
En la Universidad de A Coruña, Campus de Ferrol.
Organiza el Centro de Investigación de Filosofía de la Ciencia y la Tecnología (CIFCYT) de la UDC.
Para información y modo de matrícula: jornadas.filosofia.ciencia@udc.es
COMENTARIO DE LIBROS
El efecto House
Garcia-Marques T, Silva R, Loureiro F, Lapa A. The Dr. House Effect: Experts’ Impoliteness Influences Persuasion. Psych J. 2026 Feb; 15(1): e70081. doi: 10.1002/pchj.70081.
Atiendo a una mujer octogenaria usuaria de servicios de salud mental durante décadas y etiquetada a lo largo de su vida de neurótica, pitiática o histérica, (entre otros epítetos pseudodiagnósticos que evidencian más lo que siente el terapeuta respecto de su interlocutor -interlocutora, en este caso- que lo que realmente aflige al paciente). Ha combinado una sintomatología ansioso-depresiva crónica con una tendencia a mal usar la medicación, en particular, las benzodiazepinas. Para complicar las cosas, rechaza cualquier apoyo como presentaciones “blíster” de la medicación o racionamiento de esta, así como cualquier ayuda familiar. También se niega de forma vehemente a cualquier forma de supervisión en forma de apartamentos tutelados, residencias, centros de día o similares.
El resultado ha sido una presentación clínica en la que es difícil valorar si los despistes anuncian un deterioro cognitivo o se deben a la medicación, o si la ansiedad es, igualmente, primaria o fruto de que una deprivación tras haber consumido más benzodiazepinas de las debidas; concluyo que lo más significativo de esta consulta no es un trastorno de ansiedad propiamente dicho, sino la abstinencia causada por estos simpáticos productos.
A raíz de un cuadro confusional, esta señora ingresó a la postre en una planta hospitalaria. Tras toda esa serie de pruebas complementarias y exposiciones a radiación que conlleva un procedimiento diagnóstico, -como mandan los protocolos-, empezó a resultar urgente darle de alta, máxime llegando fechas señaladas en las que el personal habitual mengua por efecto de las vacaciones y crecen los ingresos. Pero había que encontrar una derivación al alta que evitase que la paciente incurriera de nuevo en su creativo uso de la medicación, lo que tropezó, una vez más, con la oposición de la interesada a ayudas, apoyos, supervisiones y, en definitiva, cualquier medida que pudiera suponer una mínima restricción o limitación de su autonomía. Por otra parte, si ya era previamente dudoso que hubiera materia para instar una “provisión de apoyos” (eso que antes se llamaba con la fea palabra incapacitación) y si tampoco, con la normativa actual, cabía esperar apoyos restrictivos o efectivos, el estado de la paciente, limpia de polvo y paja – es decir, limpia de medicación iatrogénica-, era de una sorprendente lucidez, lo que impedía superar su obstinado rechazo a cualquier ayuda declarándola incompetente para la toma de decisiones.
En ese punto, la persona a cargo en el hospital se acercó a la paciente y le dijo de forma dura, seca, inflexible, inapelable, que tenía que ir a una residencia de ancianos lo antes posible, “por prescripción facultativa”. Para sorpresa de la familia, la paciente transigió e ingresó sin dilación en un centro geriátrico donde no solo se encuentra a gusto, sino que ha mejorado notablemente gracias a que una auxiliar le administra su medicación. Aun a riesgo de que se me pueda echar en cara usar una frase que era el eslogan de una bebida alcohólica de alta graduación en los años de mi niñez, me atrevo a decir que está como nunca. En mi descargo diré que el anuncio era protagonizado por un dibujo animado que, al mismo tiempo, y con el mismo soniquete, publicaba Francisco Ibáñez en el Tío Vivo.

Lo sucedido con esta venerable anciana invita a un servidor a reflexionar si no debería haber sido un poco más autoritario con ella. También le sugiere que, no anda errado cuando se cuestiona si la persuasión a través del diálogo sereno con los pacientes es realmente la mejor estrategia para conseguir que cualquier persona acepte una determinada terapéutica o prueba sobre la que su médico no tiene dudas. No se trata, desde luego, de imponer, pero sí de convencer sobre algo que se propone con un suficiente grado de seguridad, tanto en cuanto a relación riesgo / beneficio del procedimiento como en la apreciación profesional de la indicación.
Al pensar sobre ello, uno suele verse a sí mismo en las situaciones en las que expertos (y expertas) a los que acude dando por supuesto su conocimiento y buenas intenciones, le asesoran en materias en las que es un perfecto artaburu (término que en el País de los Baskos designa a gente insustancial, zoquete y taruga), como pueden ser las finanzas, las recomendaciones de mantenimiento de su vehículo o la forma adecuada de combinar corbatas y camisas y que considera comparte con otros demandantes de opinión experta: cuantas más explicaciones recibe, más abrumado se siente uno, y más dudas termina teniendo sobre si el experto (o la experta) tiene claro qué hay que hacer con el dinero, con el coche o con las corbatas. De alguna manera, se espera del experto -(y no solo lo espera quien suscribe)- algo directo, convincente, tajante, aun a riesgo de acabar invirtiendo sus modestos ahorros en algo inapropiado, dejarse absurdamente una fortuna en el taller o dar la nota con su indumentaria. Los expertos, ahora tan en boga en las cuestiones más variopintas, incluidas las estrategias para afrontar el síndrome postvacacional, están para eso: para guiarnos en las materias que no conocemos con precisión. Incluso para que dentro, por supuesto, de unos márgenes, corramos el riesgo de errar al aceptar sus propuestas, o encontrar después una segunda opinión experta que sugiera que uno ha perdido dinero, ha estropeado su coche o va por la vida hecho un adefesio. Tal vez por ello, hay cada vez más disclaimers junto con los consejos profesionales, al estilo, (mira por dónde), de los formularios de consentimiento informado.
Lo sucedido con la paciente puede relacionarse con lo que los portugueses García-Marques y colaboradores denominan “Efecto Dr. House”: la repercusión de la impoliteness (que traduciré por rudeza o, más coloquialmente, por el estilo borde) de los médicos, rudeza que al final influye en la aceptación de sus recomendaciones terapéuticas. Para decirlo con total claridad: si es más eficaz la tajante, seca e inapelable “prescripción facultativa” que la negociación calmada o, en otras palabras, si la presentación de una recomendación como orden, al más rancio estilo de la Medicina clásica, es más eficaz que buscar un acuerdo entre terapeuta y paciente.

Los autores parten de la hipótesis, basada en estudios previos, de que para persuadir a un paciente para que acepte un procedimiento puede ser más efectivo un estilo profesional impolite, rudo, borde, que otro polite, amable, cercano. Y plantean complementariamente que la amabilidad sería la estrategia más adecuada para transmitir una recomendación sanitaria por parte de personas legas. Para ello recurren a ese material de estudio tan a menudo utilizado por su ductilidad, maleabilidad y natural disposición a hacer lo que sea para mejorar la nota: estudiantes universitarios.
Realizan al efecto tres experimentos. En los dos primeros, los estudiantes recibieron un mensaje aconsejando un adecuado cuidado de la piel de forma amable o agria, incluso desagradable, siendo los dos mensajes aportados por una persona lega (la madre de la persona a quien supuestamente se dirigía la recomendación) y por un experto (especialista en Dermatología). En los dos se pidió a los participantes que valoraran lo amable o borde del mensaje y lo relevante que les resultaba haberlo recibido; en un experimento se pidió esa valoración en ese orden y en el otro, en el inverso, para evitar que la pregunta sobre la forma de la recomendación pudiera determinar la respuesta.
Pues bien: los participantes diferenciaron perfectamente el grado de amabilidad de los mensajes y consideraron más persuasivo el que les aportaba el experto borde. En cambio, la amabilidad les resultó más efectiva en el mensaje aportado por el lego.
Un tercer experimento, digamos que trasatlántico y virtual, reclutó a estudiantes estadounidenses que respondieron online. De nuevo, los participantes diferenciaron los mensajes amables de los bordes, que tuvieron más efectividad si procedían de expertos. En este caso, los mensajes de legos no mostraron mayor efectividad persuasiva en función de la amabilidad o rudeza con que se trasmitieron.
Los autores llaman a este fenómeno “Efecto House”. ¿A qué puede deberse? Una explicación podría ser que los participantes a uno y otro lado del océano están familiarizados con la figura del Dr. House y saben que, aunque es un señor muy desagradable, es certero en sus juicios. Es decir, que cultural y televisivamente hayan asociado el estilo borde con el mensaje oportuno cuando se trata de recomendaciones sanitarias. No puedo posicionarme, porque solo he llegado a ver medio episodio de la serie en una guardia; lo interrumpió una llamada a planta y para cuando volví seguían apareciendo médicos, pero no el padre de Stuart Little, y el planteamiento había cambiado mucho, así que apagué el televisor porque no entendía nada. Al cabo de unos días hice el ridículo comentando este cambio argumental y me explicaron que en mi ausencia había terminado el episodio de House y había empezado uno de Anatomía de Gray que erróneamente había interpretado como continuación del primero.

Frederik Little vs. Gregory House
También puede ser que se deba a que los participantes, en tanto que estudiantes de Medicina, están acostumbrados a la transmisión tajante de los conocimientos. Las falsas certezas de la profesión médica se inoculan en gran medida en clases magistrales, mediante la exposición firme y ex cátedra de datos a un alumnado que a lo largo de su futura vida profesional tendrá tiempo para comprobar su obsolescencia y provisionalidad, pero que se exponen en la facultad con una autoridad que no admite duda, so pena de no sacar la nota deseada.
Garcia-Marques y colaboradores no proponen esta explicación. Por otra parte, hay indicios en la bibliografía de que el fenómeno se observaba antes de la creación del personaje de House y en otros marcos de estudio. Por tanto, puede ser que contrariamente a lo que venimos a suponer en una época en la que la propuesta de Humanización de la atención sanitaria insta a la toma de decisiones compartidas, una actitud profesional tajante y un tanto desagradable puede ser más operativa; esto es: entendiendo que la recomendación es la oportuna, puede favorecer una aceptación rápida del paciente y, por ende, una mejor evolución. Al margen de que puede ser que esto haya ocurrido con la señora que describía, no debe perderse de vista que, en la propia bibliografía en inglés, a la hora de conseguir la aceptación de los pacientes de una determinada propuesta, sobre todo, en materia de hábitos saludables, está empezando a cobrar fortuna el verbo to nudge, que se traduce como animar, pero también como empujar, dar un codazo, arrastrar. Algo que trasmite la idea de que la intervención tiene que ser no solo más efectiva, sino más enérgica y directiva. Tampoco es algo nuevo: los mensajes que desde hace años portan las cajetillas de tabaco para combatir el ánimo, distan mucho de ser empáticos y amables, y bien podrían considerarse, en cambio, impolite y bordes.
Así pues, tal vez en determinadas situaciones haya que revisar la forma de transmitir las indicaciones. Y, como sugieren en el estudio que comentamos, no solo en colectivos que pueden estar más acostumbrados a una actitud médica más directiva, como las personas de edad avanzada, familiarizadas con el médico autoritario, la prescripción facultativa o el desnivel entre facultativo y paciente, sino incluso en las generaciones más jóvenes.
Juan Medrano
Bilbao
Comte-Sponvielle A. El alma del ateísmo. Paidós, Barcelona 2006
Leí con mucho interés los libros de André Comte-Sponville en mi etapa de juventud. El libro que hoy os comento cayó en mis manos desde una alacena de mi biblioteca, (¡cuántos de estos libros quizás no vuelva a leerlos!), y lo hojeé siguiendo las numerosas marcas de lectura que suelo dejar. Treinta años después, volvió a cautivarme.
Comte-Sponville pertenece a una generación que denomino “nostálgicos de Dios”. En algún momento temprano de su vida sintieron cierta llamada mística, pero más tarde se impuso la razón. Otro autor muy representativo era, entre nosotros, Salvador Pániker. Ambos perseguían una redefinición de espiritualidad, ya que, si por una parte habían renunciado a la idea de Dios, creían que podían redefinir este término y evitar que se le identificara exclusivamente desde el ámbito religioso.
Comte-Sponvielle (C-S) combina la ética, la metafísica y su propia biografía, para estructurar su obra en torno a la posibilidad de una «fidelidad» sin dogmas y una «comunión» sin trascendencia.

Religión y espiritualidad no son sinónimos, afirma C-S; la primera es solo una forma particular de la segunda. La religión la define como un sistema de creencias y ritos referidos a lo sagrado que une a una comunidad (sentido amplio) o, específicamente en Occidente, como la creencia en un Dios creador y personal (sentido restringido). Personalmente prefiero otra definición, (en este caso -advierto al lector- es estrictamente personal): profesa religión quien cree en otra realidad diferente a la material, es decir, es religioso quien cree en un mundo sin realidad física, pero capaz de influir sobre nuestras vidas.
La espiritualidad es la vida del espíritu, afirma C-S, nuestra relación con el infinito, la eternidad y el absoluto, algo que no requiere necesariamente de una divinidad. El budismo, el taoísmo o el confucianismo original se ocupan más de la meditación y la sabiduría que de la fe en un Creador personal, demostrando que se puede cultivar una vida espiritual profunda sin apelar a un Dios trascendente, argumenta.
Nuevamente establezco aquí otro matiz: para mí espiritualidad equivale a proyecto vital, tomar las riendas de nuestro mundo interior, indagar en nuestra intimidad y, hasta donde nos sea posible, dirigirla -dirigirnos- a lo que consideremos valores supremos, como pueden ser la bondad y la belleza.
Pero en lo que sí coincido con C-S es que ser ateo no es carecer de algo, sino una forma de vivir. Sin las ataduras de lo que las religiones suelen prohibir; en contacto con nuestra naturaleza de Cromañones. Mientras que muchos creyentes necesitan a Dios para consolarse del absurdo o del miedo a la muerte, el ateo acepta su finitud y se esfuerza por acostumbrarse a la nada, encontrando que la vida terrestre le basta. Darwin ya rebeló el instante en que, de repente, uno deja de creer en Dios. Personalmente lo experimenté como C-S, como una liberación. Otras personas, lo admito, pueden vivirlo con angustia, e incluso otras más pueden forzarse a creer en Dios porque para ellas es consuelo, diálogo íntimo, enriquecimiento del espíritu… entre estos últimos tengo a mi admirado William James.
Uno de los aspectos beneficiosos de la religión, y que subraya C-S, es el concepto de Comunión: «Compartir sin dividir». Ninguna sociedad puede prescindir de la comunión, que es el verdadero contenido de la religión según la perspectiva sociológica. C-S define la comunión como la capacidad de compartir bienes que no disminuyen al repartirse, lo que genera cohesión social y un sentimiento de pertenencia que la ley o la represión no pueden sustituir por sí solas.
Si cinco amigos comparten un pastel físico (bien material), las porciones deben dividirse y cada uno recibe menos. Sin embargo, si comparten el placer de la comida o la alegría de estar juntos (bienes espirituales), el placer de cada uno no disminuye, sino que se redobla por el placer de los demás. Del mismo modo, una sociedad comulga en valores como la libertad o la justicia sin que estos se agoten por ser compartidos por millones, al contrario.
Una idea que me resulta muy atractiva de este libro es que considera la Fidelidad como sustituta de la Fe. La fidelidad es lo que queda de la fe cuando esta se ha perdido, declara C-S. Mientras que la fe es una creencia en lo invisible (una gracia), la fidelidad es un compromiso con los valores recibidos de la historia, la educación y la tradición. Comte-Sponville se define como un «ateo fiel», pues, aunque no cree en Dios, se reconoce en la historia y los valores judeocristianos que estructuraron su civilización. Sería muy improbable que unos padres que perdieran la fe de repente dijeran a sus hijos que ahora la sinceridad, la generosidad o el valor son «nulos» porque Dios no existe. Al contrario, lo más probable es que les pidieran que sigan respetando esos valores, demostrando que la fidelidad moral es independiente de la creencia metafísica.

C-S no puede por menos que dedicar una parte del libro a demostrar la vacuidad de todas las demostraciones que postulan la existencia de Dios. Quizás en el momento de escribir el libro tenía bastante sentido, pero creo que en estos momentos es un tema superado. Pero bueno, ahí está para el lector interesado.
Más enjundioso es el tema del Mal: Un Dios que “lo puede todo”, ¿no es capaz de acabar con el Mal? Para el autor, la desmesura y atrocidad del mal en el mundo es el argumento más fuerte contra la existencia de un Dios omnipotente e infinitamente bueno. Mientras que el ateo acepta el mal como un hecho de la naturaleza que hay que combatir, para el creyente el mal es un «problema» o un «misterio» que requiere justificaciones a menudo indecentes. Pensemos con C-S en los horrores que no dependen de la voluntad humana, como las enfermedades infantiles, los desastres naturales (maremotos, sequías) y la «carnicería» inherente a la vida animal, donde unas especies devoran a otras para subsistir. Sostiene que un Dios que se «oculta» mientras un niño sufre de cáncer o mientras ocurre la Shoah (el Holocausto) no es un «Padre», sino una idea contradictoria con la perfección divina.
Por todo ello considera la religión como Ilusión y proyección del deseo humano de justicia y protección. Siguiendo a Freud y Feuerbach, el autor argumenta que Dios es la respuesta perfecta a nuestros deseos más intensos: el deseo de no morir, de reencontrar a los seres queridos y de ser amados eternamente. Precisamente porque la religión es «demasiado bella para ser cierta», resulta sospechosa de ser una ilusión derivada del deseo humano.
Para hacer más persuasivo su argumento, Comte-Sponville compara la creencia en Dios con la esperanza de comprar un apartamento de lujo en Manhattan por un precio ridículamente bajo. Si alguien afirma que encontrará esa ganga basándose solo en sus ganas de tenerla, diríamos que se hace ilusiones. De igual modo, creer en un Dios perfecto que nos garantiza la felicidad eterna parece más una proyección de nuestras carencias que una descripción de la realidad.
Pero regresemos a la subjetividad atea. Frente a la trascendencia divina, el ateísmo propone la inmanencia: todo está en la Naturaleza y nosotros somos parte de ella. La espiritualidad atea se vive como una «inmanensidad» (inmanencia + inmensidad), una experiencia de unión con el Todo. La contemplación del cielo estrellado en una noche clara de campo nos lleva a experimentar nuestra propia pequeñez, pero, al mismo tiempo, una paz inmensa al sentirse parte de ese universo insondable. Es lo que Romain Rolland llamó el «sentimiento oceánico»: la sensación de no poder «caer fuera del mundo» y estar en comunión con lo universal.
Para el autor, la eternidad no es una duración infinita después de la muerte (sempiternidad), sino la intemporalidad del presente. Quien vive plenamente en el «ahora» ya está habitando la eternidad, pues el pasado ya no es y el futuro aún no es; solo existe el presente actual de lo real.
La conclusión del libro es que la verdadera espiritualidad consiste en liberarse del ego para abrirse a la verdad y al amor. El espíritu no debe replegarse en una «vida interior» narcisista, sino abrirse al mundo y a los demás. El amor es el valor supremo porque es el que da valor a todo lo demás, incluso si la verdad misma no nos ama. El autor cita a Etty Hillesum, quien poco antes de ser enviada a Auschwitz escribió que «todo es perfectamente bueno tal cual», aceptando la realidad sin resignación, pero con una aquiescencia heroica. Este nivel de espiritualidad —amar lo real a pesar del horror— es la cima de la sabiduría: no esperar a ser salvados para actuar humanamente y amar la verdad por encima de la fe. En este punto me recuerda a William James, que en sus “variedades de la experiencia religiosa” postulaba la existencia de personas que viven felices incluso en la adversidad. ¿Coincide con lo que en el ámbito religioso se postula como “vivir en la gracia”? Pablo d´Ors describe en uno de sus últimos libros un perfil similar (“Los contemplativos”, Galaxia Guttemberg), un libro que a mi entender no está a la altura de otros textos suyos. Pero un libro que a mi modesta manera de ver está muy influido por la aportación de William James. Quizás el de C-S también lo esté.
Francesc Borrell
Sant Pere de Ribes
WEBS DE INTERÉS
Hedónica, Revista de Libros.

Este nuevo proyecto, del incansable José Lázaro, (bajo el paraguas de la Editorial Triacastela), quiere ser una ágora de debate y contraste de ideas. No se le puede negar a José Lázaro un poder de convocatoria singular: basta con mirar la composición del equipo editorial y asesor.
En este portal de Internet encontraréis muchos artículos en Open Access. Algunos son accesibles bajo suscripción. La revista se edita también en formato papel y merece la pena coleccionarla, a tenor de la calidad de sus escritos.
Los materiales que vais a encontrar son variados: cartas al director, dosieres (próximo el de James Joyce), ensayos, artículos. Para destacaros algunos, empiezo por los de nuestro incombustible director de este Boletín Iatros, Francesc Borrell:
Hipnocracia: el papel de la inteligencia artificial (IA) en el debate de ideas
https://www.hedonica.es/hipnocracia-el-papel-de-la-inteligencia-artificial-ia-en-el-debate-de-ideas/
Byung-Chul Han: un error del Premio Princesa de Asturias
https://www.hedonica.es/byung-chul-han-un-error-del-premio-princesa-de-asturias/
Palabrería tramposa
https://www.hedonica.es/palabreria-tramposa/
Pero os selecciono otras entradas no menos enjundiosas:
De la resistencia a la deportación. Mujeres españolas en campos de concentración nazis, de Piedad Solans.
¡Oh, ninfas de Judea!, de Angel García Galiano.
https://www.hedonica.es/oh-ninfas-de-judea/
Y aunque solo sea por curiosidad, la declaración que realiza José Lázaro sobre la intencionalidad de esta revista:
Declaración de principios (poco grouchista)
https://www.hedonica.es/declaracion-de-principios-poco-grouchista/
Pablo Oliveras
Murcia
ARTÍCULO COMENTADO
¿Qué impacta más sobre la calidad de Servicios sanitarios, el nivel sociocultural o el modelo organizacional?
Manzanera R, Iruela A, Moral I, Armengol R, Gálvez G, Lourdes Jiménez M. Assessing the impact of socioeconomic determinants and management models on primary health care in Catalonia. Aten Primaria. 2026 Feb 3;58(4):103452. doi: 10.1016/j.aprim.2026.103452. Epub ahead of print. PMID: 41638020; PMCID: PMC12886181.
Este estudio, titulado «Impacto del perfil socioeconómico de la población y del modelo de gestión en los resultados asistenciales en atención primaria en Cataluña», analiza la influencia del modelo organizativo y el nivel socioeconómico de la población sobre dos resultados críticos: la satisfacción del paciente y el gasto farmacéutico por usuario. Contextualizado en un momento de crisis de la atención primaria en España y Cataluña, el trabajo busca generar evidencia para orientar futuras reformas del sistema sanitario.
La investigación utilizó un diseño observacional transversal con datos agregados del año 2023 provenientes de 379 centros de atención primaria. Estos centros fueron categorizados según su modelo de gestión: el Instituto Catalán de la Salud (ICS), Organizaciones Sanitarias Integradas (OSI) y Entidades de Base Asociativa (EBA). Téngase en cuenta que cualquiera de estas fórmulas organizacionales realiza la provisión para el Sistema Nacional de la Salud.
Para medir el nivel de privación -socioeconómico- de la población, se empleó el Índice Socioeconómico Compuesto (ISC).
Los resultados más relevantes indican que, en los modelos multivariantes, ni el modelo de gestión ni el índice socioeconómico demostraron una asociación significativa con la satisfacción o el gasto farmacéutico.
En cambio, la satisfacción del paciente se explica mayoritariamente (R² ajustado = 0,87) por factores de la experiencia asistencial: la accesibilidad (facilidad para obtener citas), el trato personal de médicos y enfermeras, la fidelidad del paciente y la provisión de atención domiciliaria.
Por otro lado, el gasto farmacéutico por usuario (R² ajustado = 0,73) se vincula directamente con la intensidad de la atención y los patrones de práctica clínica. Los predictores significativos incluyen el número total de visitas, la prevalencia de polimedicación, el control de la hipertensión, la vacunación antigripal y el volumen de recetas por usuario.
Las conclusiones sugieren que los factores clínicos y organizativos son más determinantes que las características poblacionales o el modelo de gestión. Los autores destacan la necesidad de reformas que fortalezcan la eficiencia clínica y adopten una visión humanista de la atención. Finalmente, se recomienda fomentar la autonomía profesional y la responsabilidad compartida para mejorar la calidad del servicio y prevenir el agotamiento de los profesionales.
Pablo Oliveras
Murcia
VIDEO RECOMENDADO
Estar sentado mucho tiempo te mata
Manoush Zomorodi es periodista y argumenta con datos científicos los beneficios de interrumpir el trabajo frente al ordenador para movernos, aunque no sea mucho. Organizó varios proyectos en los que demuestra que estas interrupciones no perjudican la productividad, y en cambio tienen cambios fisiológicos sobre presión arterial y estado de ánimo muy beneficiosos.
La Redacción.